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Paola Andrea Vargas: un ejemplo de superación para los jóvenes del IDIPRON
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Noticias Idipron
26 de mayo de 2020
Un ejemplo de vida del área de Salud del IDIPRON es Paola Andrea Vargas, una joven de larga cabellera color azabache que enmarca su rostro de tez trigueña y su sonrisa amplia. Egresada del Instituto, en la actualidad trabaja como Estilista de todas las Unidades de Protección Integral (UPI), donde comparte y aplica su conocimiento con decenas de adolescentes y jóvenes.
“Allá saco cejas, maquillo, corto pelo, tinturo, hago masajes; es un trabajo fuerte, en especial con la población de habitabilidad de calle, porque ellos no tienen jabón, champú, un cepillo de dientes, una ducha, una cama limpia todos los días…”, expresa con nostalgia.
Conoció al IDIPRON por su mamá, quien también estuvo en la Institución cuando fue niña. Ella decidió ingresar a Paola cuando tenía 10 años en la Casa La 78, porque estaba en condición de fragilidad social: vivía en la localidad de Ciudad Bolívar, y su mamá –quien era muy joven, 21 años, con dos hijos-, no tenía el tiempo ni las condiciones económicas para mantenerlos. Por esta razón, Paola vivía una angustiosa infancia.
“Mi mamá tenía problemas con el consumo de alcohol y un día me dijo que me iba a internar. Le respondí: ‘pero que sea ya, porque esto no es vida’. Mi hermano y yo somos muy seguidos, y cuando yo tenía seis años tuve que aprender a preparar agua de panela y arroz para darle de comer a él y para mí, cuando uno de niño lo que tiene que estar pendiente es de jugar, jugar y jugar. Esa situación me hizo madurar muy rápido, porque si yo no maduraba, mi hermano era el que estaba en riesgo”, cuenta Paola. Cuando llegó al Instituto estaba feliz.
“Tenía una cama para mí sola, profesores que eran como mi papá y mi mamá; tenía comida, recreación, amigas casi hermanas y las tías de la cocina, que eran como nuestras abuelas o tías. Teníamos salidas y disfrutábamos mucho. Uno aprende a valorar lo que tiene”, señala Paola mientras su rostro se ilumina de alegría por estos gratos recuerdos. De la Casa La 78 pasó a la Casa Belén y luego a El Cuja.
Al cumplir los 13 años fue a la UPI de externado La Rioja, a cursar séptimo grado y a vivir de nuevo con su mamá, quien para entonces tenía un hogar formado, con dos hijas y su vida había dado un giro de 180 grados, cuenta Paola, quien por ser una de las niñas más juiciosas y buena estudiante la inscribieron en el Colegio Alexander Fleming, del barrio San Jorge, para que terminara la secundaria. “Cuando uno sale del IDIPRON se estrella con la vida, porque uno vive como en una burbujita: todo lo que necesita se lo dan. Uno no tiene que preocuparse sino de estudiar, rendir y surgir. Si uno amanece triste, tiene a los profes o sicólogos. Al salir de allí, ya uno no tiene mamá, amigas, ni nada”.
Estando en La Rioja, sin previo aviso, cayó en estado de coma, y tras los exámenes de salud se comprobó que Paola tenía un tumor cerebral. De inmediato, el IDIPRON activó toda la red de salud y la operaron de urgencia, pero como no reaccionó después de la cirugía la tuvieron que intervenir de nuevo para colocarle una válvula en la cabeza, la cual la mantiene con vida. Desde entonces, la han operado seis veces. Por esta razón, Paola sostiene que además de la crianza, le debe a la institución su vida y se muestra agradecida.
Con el tiempo y ya recuperada, retomó sus estudios y recuerda que al cumplir los 15 años su mamá le hizo una gran fiesta a la cual invitó a toda su familia que estaba en otras regiones del país para celebrar la vida. “Yo era un milagro viviente, porque según los médicos, me voy a morir máximo de 27 años, pero yo no les creo. Me dijeron que no me podía poner tacones, y míreme –dice mostrando sus zapatos de tacón medio-; que no podría estudiar y soy bachiller y técnico del Sena. Yo no quiero creer en esos diagnósticos y me digo todos los días: ‘Yo sí puedo’. Si hubiera seguido sus recomendaciones no estaría dando mi testimonio de vida a los chicos”, afirma de manera resuelta.
“Yo soy un milagro y todo está en Dios, y si Él me tiene viva después de seis cirugías y un coma, será para algo”. Paola comparte con los jóvenes del IDIPRON su experiencia y les dice: ‘Yo fui como ustedes; asistí a la entidad como beneficiaria y pude salir adelante. Mi mamá me entregó muy chiquita al Instituto y no conté con ella. Pero en el IDIPRON me enseñaron a ser totalmente independiente”. Y les recuerda a los adolescentes y jóvenes: “A ustedes nada les duele, miren esos cabellos tan hermosos. Salgan adelante. ¡Cuánto quisiera yo tener la salud de ustedes! Una vez hablé con hombres y mujeres jóvenes, y se pusieron a llorar, y se preguntaban: ‘¿Por qué soy así, matándome con las drogas?’. Después me he encontrado con algunos de ellos en las unidades y me dicen que han cambiado y estudian en el Sena, gracias a mi testimonio. Y me saludan con cariño”, narró la joven.
Paola quiere seguir estudiando en la universidad Trabajo Social o Derecho. “Lo que más me gusta es el trabajo con los chicos, porque a veces me victimizo. Y luego me doy cuenta de que no he vivido nada en comparación con ellos. Me pasaron cosas feas, pero hay que voltear la hoja y seguir adelante. Ahora soy una persona feliz: charlo, hablo, me compro lo que me gusta. Cuando muera, a los 26 o a los cien años, quiero que digan de mí que luché hasta donde pude. Que era medio jodida, pero risueña. Además, me encanta bailar… Pero ¿quién no aprendió a bailar en el IDIPRON, a hacer teatro, manualidades, a nadar y a defenderse en la vida?”, pregunta con una carcajada. Finalmente, Paola agradeció al IDIPRON por ser su familia desde que era niña. Siempre ha estado apoyándola y dándole cariño. A la líder de Sociosalud le dio las gracias “por darme la oportunidad de estar aquí. He aprendido mucho; gracias a su confianza me dieron la oportunidad de laborar”, concluyó esta joven mujer que es un ejemplo de vida.
Un ejemplo de vida del área de Salud del IDIPRON es Paola Andrea Vargas, una joven de larga cabellera color azabache que enmarca su rostro de tez trigueña y su sonrisa amplia. Egresada del Instituto, en la actualidad trabaja como Estilista de todas las Unidades de Protección Integral (UPI), donde comparte y aplica su conocimiento con decenas de adolescentes y jóvenes.
“Allá saco cejas, maquillo, corto pelo, tinturo, hago masajes; es un trabajo fuerte, en especial con la población de habitabilidad de calle, porque ellos no tienen jabón, champú, un cepillo de dientes, una ducha, una cama limpia todos los días…”, expresa con nostalgia.
Conoció al IDIPRON por su mamá, quien también estuvo en la Institución cuando fue niña. Ella decidió ingresar a Paola cuando tenía 10 años en la Casa La 78, porque estaba en condición de fragilidad social: vivía en la localidad de Ciudad Bolívar, y su mamá –quien era muy joven, 21 años, con dos hijos-, no tenía el tiempo ni las condiciones económicas para mantenerlos. Por esta razón, Paola vivía una angustiosa infancia.
“Mi mamá tenía problemas con el consumo de alcohol y un día me dijo que me iba a internar. Le respondí: ‘pero que sea ya, porque esto no es vida’. Mi hermano y yo somos muy seguidos, y cuando yo tenía seis años tuve que aprender a preparar agua de panela y arroz para darle de comer a él y para mí, cuando uno de niño lo que tiene que estar pendiente es de jugar, jugar y jugar. Esa situación me hizo madurar muy rápido, porque si yo no maduraba, mi hermano era el que estaba en riesgo”, cuenta Paola. Cuando llegó al Instituto estaba feliz.
“Tenía una cama para mí sola, profesores que eran como mi papá y mi mamá; tenía comida, recreación, amigas casi hermanas y las tías de la cocina, que eran como nuestras abuelas o tías. Teníamos salidas y disfrutábamos mucho. Uno aprende a valorar lo que tiene”, señala Paola mientras su rostro se ilumina de alegría por estos gratos recuerdos. De la Casa La 78 pasó a la Casa Belén y luego a El Cuja.
Al cumplir los 13 años fue a la UPI de externado La Rioja, a cursar séptimo grado y a vivir de nuevo con su mamá, quien para entonces tenía un hogar formado, con dos hijas y su vida había dado un giro de 180 grados, cuenta Paola, quien por ser una de las niñas más juiciosas y buena estudiante la inscribieron en el Colegio Alexander Fleming, del barrio San Jorge, para que terminara la secundaria. “Cuando uno sale del IDIPRON se estrella con la vida, porque uno vive como en una burbujita: todo lo que necesita se lo dan. Uno no tiene que preocuparse sino de estudiar, rendir y surgir. Si uno amanece triste, tiene a los profes o sicólogos. Al salir de allí, ya uno no tiene mamá, amigas, ni nada”.
Estando en La Rioja, sin previo aviso, cayó en estado de coma, y tras los exámenes de salud se comprobó que Paola tenía un tumor cerebral. De inmediato, el IDIPRON activó toda la red de salud y la operaron de urgencia, pero como no reaccionó después de la cirugía la tuvieron que intervenir de nuevo para colocarle una válvula en la cabeza, la cual la mantiene con vida. Desde entonces, la han operado seis veces. Por esta razón, Paola sostiene que además de la crianza, le debe a la institución su vida y se muestra agradecida.
Con el tiempo y ya recuperada, retomó sus estudios y recuerda que al cumplir los 15 años su mamá le hizo una gran fiesta a la cual invitó a toda su familia que estaba en otras regiones del país para celebrar la vida. “Yo era un milagro viviente, porque según los médicos, me voy a morir máximo de 27 años, pero yo no les creo. Me dijeron que no me podía poner tacones, y míreme –dice mostrando sus zapatos de tacón medio-; que no podría estudiar y soy bachiller y técnico del Sena. Yo no quiero creer en esos diagnósticos y me digo todos los días: ‘Yo sí puedo’. Si hubiera seguido sus recomendaciones no estaría dando mi testimonio de vida a los chicos”, afirma de manera resuelta.
“Yo soy un milagro y todo está en Dios, y si Él me tiene viva después de seis cirugías y un coma, será para algo”. Paola comparte con los jóvenes del IDIPRON su experiencia y les dice: ‘Yo fui como ustedes; asistí a la entidad como beneficiaria y pude salir adelante. Mi mamá me entregó muy chiquita al Instituto y no conté con ella. Pero en el IDIPRON me enseñaron a ser totalmente independiente”. Y les recuerda a los adolescentes y jóvenes: “A ustedes nada les duele, miren esos cabellos tan hermosos. Salgan adelante. ¡Cuánto quisiera yo tener la salud de ustedes! Una vez hablé con hombres y mujeres jóvenes, y se pusieron a llorar, y se preguntaban: ‘¿Por qué soy así, matándome con las drogas?’. Después me he encontrado con algunos de ellos en las unidades y me dicen que han cambiado y estudian en el Sena, gracias a mi testimonio. Y me saludan con cariño”, narró la joven.
Paola quiere seguir estudiando en la universidad Trabajo Social o Derecho. “Lo que más me gusta es el trabajo con los chicos, porque a veces me victimizo. Y luego me doy cuenta de que no he vivido nada en comparación con ellos. Me pasaron cosas feas, pero hay que voltear la hoja y seguir adelante. Ahora soy una persona feliz: charlo, hablo, me compro lo que me gusta. Cuando muera, a los 26 o a los cien años, quiero que digan de mí que luché hasta donde pude. Que era medio jodida, pero risueña. Además, me encanta bailar… Pero ¿quién no aprendió a bailar en el IDIPRON, a hacer teatro, manualidades, a nadar y a defenderse en la vida?”, pregunta con una carcajada. Finalmente, Paola agradeció al IDIPRON por ser su familia desde que era niña. Siempre ha estado apoyándola y dándole cariño. A la líder de Sociosalud le dio las gracias “por darme la oportunidad de estar aquí. He aprendido mucho; gracias a su confianza me dieron la oportunidad de laborar”, concluyó esta joven mujer que es un ejemplo de vida.
Un ejemplo de vida del área de Salud del IDIPRON es Paola Andrea Vargas, una joven de larga cabellera color azabache que enmarca su rostro de tez trigueña y su sonrisa amplia. Egresada del Instituto, en la actualidad trabaja como Estilista de todas las Unidades de Protección Integral (UPI), donde comparte y aplica su conocimiento con decenas de adolescentes y jóvenes.
“Allá saco cejas, maquillo, corto pelo, tinturo, hago masajes; es un trabajo fuerte, en especial con la población de habitabilidad de calle, porque ellos no tienen jabón, champú, un cepillo de dientes, una ducha, una cama limpia todos los días…”, expresa con nostalgia.
Conoció al IDIPRON por su mamá, quien también estuvo en la Institución cuando fue niña. Ella decidió ingresar a Paola cuando tenía 10 años en la Casa La 78, porque estaba en condición de fragilidad social: vivía en la localidad de Ciudad Bolívar, y su mamá –quien era muy joven, 21 años, con dos hijos-, no tenía el tiempo ni las condiciones económicas para mantenerlos. Por esta razón, Paola vivía una angustiosa infancia.
“Mi mamá tenía problemas con el consumo de alcohol y un día me dijo que me iba a internar. Le respondí: ‘pero que sea ya, porque esto no es vida’. Mi hermano y yo somos muy seguidos, y cuando yo tenía seis años tuve que aprender a preparar agua de panela y arroz para darle de comer a él y para mí, cuando uno de niño lo que tiene que estar pendiente es de jugar, jugar y jugar. Esa situación me hizo madurar muy rápido, porque si yo no maduraba, mi hermano era el que estaba en riesgo”, cuenta Paola. Cuando llegó al Instituto estaba feliz.
“Tenía una cama para mí sola, profesores que eran como mi papá y mi mamá; tenía comida, recreación, amigas casi hermanas y las tías de la cocina, que eran como nuestras abuelas o tías. Teníamos salidas y disfrutábamos mucho. Uno aprende a valorar lo que tiene”, señala Paola mientras su rostro se ilumina de alegría por estos gratos recuerdos. De la Casa La 78 pasó a la Casa Belén y luego a El Cuja.
Al cumplir los 13 años fue a la UPI de externado La Rioja, a cursar séptimo grado y a vivir de nuevo con su mamá, quien para entonces tenía un hogar formado, con dos hijas y su vida había dado un giro de 180 grados, cuenta Paola, quien por ser una de las niñas más juiciosas y buena estudiante la inscribieron en el Colegio Alexander Fleming, del barrio San Jorge, para que terminara la secundaria. “Cuando uno sale del IDIPRON se estrella con la vida, porque uno vive como en una burbujita: todo lo que necesita se lo dan. Uno no tiene que preocuparse sino de estudiar, rendir y surgir. Si uno amanece triste, tiene a los profes o sicólogos. Al salir de allí, ya uno no tiene mamá, amigas, ni nada”.
Estando en La Rioja, sin previo aviso, cayó en estado de coma, y tras los exámenes de salud se comprobó que Paola tenía un tumor cerebral. De inmediato, el IDIPRON activó toda la red de salud y la operaron de urgencia, pero como no reaccionó después de la cirugía la tuvieron que intervenir de nuevo para colocarle una válvula en la cabeza, la cual la mantiene con vida. Desde entonces, la han operado seis veces. Por esta razón, Paola sostiene que además de la crianza, le debe a la institución su vida y se muestra agradecida.
Con el tiempo y ya recuperada, retomó sus estudios y recuerda que al cumplir los 15 años su mamá le hizo una gran fiesta a la cual invitó a toda su familia que estaba en otras regiones del país para celebrar la vida. “Yo era un milagro viviente, porque según los médicos, me voy a morir máximo de 27 años, pero yo no les creo. Me dijeron que no me podía poner tacones, y míreme –dice mostrando sus zapatos de tacón medio-; que no podría estudiar y soy bachiller y técnico del Sena. Yo no quiero creer en esos diagnósticos y me digo todos los días: ‘Yo sí puedo’. Si hubiera seguido sus recomendaciones no estaría dando mi testimonio de vida a los chicos”, afirma de manera resuelta.
“Yo soy un milagro y todo está en Dios, y si Él me tiene viva después de seis cirugías y un coma, será para algo”. Paola comparte con los jóvenes del IDIPRON su experiencia y les dice: ‘Yo fui como ustedes; asistí a la entidad como beneficiaria y pude salir adelante. Mi mamá me entregó muy chiquita al Instituto y no conté con ella. Pero en el IDIPRON me enseñaron a ser totalmente independiente”. Y les recuerda a los adolescentes y jóvenes: “A ustedes nada les duele, miren esos cabellos tan hermosos. Salgan adelante. ¡Cuánto quisiera yo tener la salud de ustedes! Una vez hablé con hombres y mujeres jóvenes, y se pusieron a llorar, y se preguntaban: ‘¿Por qué soy así, matándome con las drogas?’. Después me he encontrado con algunos de ellos en las unidades y me dicen que han cambiado y estudian en el Sena, gracias a mi testimonio. Y me saludan con cariño”, narró la joven.
Paola quiere seguir estudiando en la universidad Trabajo Social o Derecho. “Lo que más me gusta es el trabajo con los chicos, porque a veces me victimizo. Y luego me doy cuenta de que no he vivido nada en comparación con ellos. Me pasaron cosas feas, pero hay que voltear la hoja y seguir adelante. Ahora soy una persona feliz: charlo, hablo, me compro lo que me gusta. Cuando muera, a los 26 o a los cien años, quiero que digan de mí que luché hasta donde pude. Que era medio jodida, pero risueña. Además, me encanta bailar… Pero ¿quién no aprendió a bailar en el IDIPRON, a hacer teatro, manualidades, a nadar y a defenderse en la vida?”, pregunta con una carcajada. Finalmente, Paola agradeció al IDIPRON por ser su familia desde que era niña. Siempre ha estado apoyándola y dándole cariño. A la líder de Sociosalud le dio las gracias “por darme la oportunidad de estar aquí. He aprendido mucho; gracias a su confianza me dieron la oportunidad de laborar”, concluyó esta joven mujer que es un ejemplo de vida.
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