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Mi trabajo, mi historia 

Imagen de funcionarios de IDIPRON

Categoría: Noticias Idipron

1 de agosto de 2018

Homenaje a una vida de servicios en el IDIPRON. 

Rosa Elvira Cabrejo Díaz, conocida en el IDIPRON como la tía Rosa, es una mujer que conquistó el corazón de los muchachos, gracias a su dedicación y amor por su trabajo.  

Hace menos de un mes que se pensionó y todavía no se hace la idea de vivir alejada de los y las jóvenes y de sus colegas del Instituto. Rosa guarda un especial agradecimiento y, aunque ya está oficialmente jubilada, siente que solo son vacaciones y que pronto regresará. Sin embargo, reconoce que su ciclo ha terminado y ahora podrá disfrutar del esfuerzo de su trabajo y hacer realidad todas sus metas propuestas. 

“Son tantos los motivos para estar agradecida con el IDIPRON, me voy a disfrutar de mi pensión, pero mi corazón siempre estará con los jóvenes”. Esas fueron sus palabras, el día que en la sede de la calle 63 el Subdirector de Desarrollo Humano, Lemmy Humberto Solano, y su equipo de trabajo, se reunieron para celebrar su despedida y agradecerle por todos los años de labor.

En estos 26 años de servicio, la Tía Rosa, como cariñosamente le llamaban en el Instituto, ha vivido muchas alegrías y satisfacciones personales. “Compré mi casa, eduqué a mis hijos y también fui testigo de muchas historias de jóvenes que lograron cambiar sus vidas y convertirse en personas de bien para la sociedad”, afirmó.  

En 1991 se vinculó al Instituto gracias a una amiga que la recomendó. Empezó a trabajar como auxiliar de servicios administrativos en la Casa de La Florida, hoy Unidad de Protección Integral-UPI, que opera en la localidad de Engativá. Allí se desempeñó en las labores de cocina donde estuvo cinco meses. Posteriormente fue trasladada a la casa del Tuparro en el Vichada, sitio donde anteriormente se iniciaba el proceso de personalización de los niños y niñas de ocho a doce años. Para ella, esos días en la casa fueron lindos, ver la naturaleza, escuchar el canto de los pájaros y trabajar para los y las jóvenes.  

De allí, continuó sus labores en la casa de Acandí en el Chocó durante cinco años, uno de los lugares en los que se solían llevar a cabo procesos de desintoxicación para NNAJ. Fue en este momento que empezó a poner en práctica sus estudios de enfermería aplicando inyecciones y haciendo curaciones.  

En su periplo por las casas de la Entidad, que a partir del año 2010 pasaron a denominarse Unidades de Protección Integral, trabajó en La 32, en Casa Belén y Distrito Joven.  

Entre las anécdotas que recuerda Rosita, destaca su experiencia cuando ella corrió a llevarle un vaso de leche a una joven que recién ingresaba al Unidad y la muchacha la dejó con el vaso de leche en la mano. “La niña me gritó y me dijo palabrotas [...], pero lo más bonito es que al otro día, cuando estaba más tranquila me pidió perdón. Desde ese momento siempre me saludaba con respeto y afecto [...] Me gustaba llevarle leche a los niños que veía más delgaditos. Lo más agradable era verlos tomársela. Los sentía como unos hijos más. Me preocupaba porque comieran bien. Al final construíamos un lazo de amistad y se me acercaban a pedirme consejos” señaló Rosita. 

¿Cómo era su día de trabajo?

Durante estos años de trabajo, siempre vivió contenta y entusiasmada. Su día iniciaba a las cuatro de la mañana y empezaba sus labores en el Instituto a las seis. Disfrutaba cocinar y esmerarse porque la comida quedara de muy buen sabor, comentando que, la sensación más agradable era escuchar a los y las jóvenes decir que estaba deliciosa y gritar en coro “gracias tías” a la hora de terminar los alimentos.  

A Rosita sus colegas la reconocen como una mujer noble, cariñosa, amable, responsable y sonriente, a pesar de las adversidades que ha tenido que enfrentar en su vida personal y que ha sabido sobrellevar.
Fanny Rodríguez, compañera de labores, comenta que cuando llegó a la Entidad, entró a la sede de Acandí en el Chocó a reemplazar a Rosita, y el encargado de la casa, Don Segundo, le decía que le hiciera la “changua” como la preparaba Rosita. Fanny, además, comenta que durante los años de trabajo con ella, escuchó hablar cosas muy buenas de la tía y personalmente la describe como una mujer sonriente, amable y muy equitativa con todo el mundo.  

Durante estos años de trabajo viajé, monté por primera vez en avioneta con el Padre Javier, también en avión y conocí lugares lindos. El IDIPRON me ha dado muchas cosas importantes y la oportunidad de salir adelante con mis hijos. Aprendí de los niños y de sus historias”. Comentó Rosita. 

Vidas cruzadas 

En estos años de trabajo, tuvo que enfrentarse con el cáncer de cerebro de su hijo quien murió a sus 43 años, el mismo día en que el padre Javier De Nicoló falleció. Dice que el trabajo fue el mejor refugio para llevar su duelo.  

Hoy comparte con su hija de 36 años, quien estudió salud ocupacional, y sus tres nietas. Ahora comienza a disfrutar sus largas vacaciones, bien merecidas por los años de servicio en el Instituto, el cual le dio la oportunidad de ponerse al servicio de la comunidad, de los Niños, Niñas, Adolescentes y Jóvenes por medio de su tesón, dedicación y amor por su trabajo como auxiliar de servicios generales.
 

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1 de agosto de 2018

Homenaje a una vida de servicios en el IDIPRON. 

Rosa Elvira Cabrejo Díaz, conocida en el IDIPRON como la tía Rosa, es una mujer que conquistó el corazón de los muchachos, gracias a su dedicación y amor por su trabajo.  

Hace menos de un mes que se pensionó y todavía no se hace la idea de vivir alejada de los y las jóvenes y de sus colegas del Instituto. Rosa guarda un especial agradecimiento y, aunque ya está oficialmente jubilada, siente que solo son vacaciones y que pronto regresará. Sin embargo, reconoce que su ciclo ha terminado y ahora podrá disfrutar del esfuerzo de su trabajo y hacer realidad todas sus metas propuestas. 

“Son tantos los motivos para estar agradecida con el IDIPRON, me voy a disfrutar de mi pensión, pero mi corazón siempre estará con los jóvenes”. Esas fueron sus palabras, el día que en la sede de la calle 63 el Subdirector de Desarrollo Humano, Lemmy Humberto Solano, y su equipo de trabajo, se reunieron para celebrar su despedida y agradecerle por todos los años de labor.

En estos 26 años de servicio, la Tía Rosa, como cariñosamente le llamaban en el Instituto, ha vivido muchas alegrías y satisfacciones personales. “Compré mi casa, eduqué a mis hijos y también fui testigo de muchas historias de jóvenes que lograron cambiar sus vidas y convertirse en personas de bien para la sociedad”, afirmó.  

En 1991 se vinculó al Instituto gracias a una amiga que la recomendó. Empezó a trabajar como auxiliar de servicios administrativos en la Casa de La Florida, hoy Unidad de Protección Integral-UPI, que opera en la localidad de Engativá. Allí se desempeñó en las labores de cocina donde estuvo cinco meses. Posteriormente fue trasladada a la casa del Tuparro en el Vichada, sitio donde anteriormente se iniciaba el proceso de personalización de los niños y niñas de ocho a doce años. Para ella, esos días en la casa fueron lindos, ver la naturaleza, escuchar el canto de los pájaros y trabajar para los y las jóvenes.  

De allí, continuó sus labores en la casa de Acandí en el Chocó durante cinco años, uno de los lugares en los que se solían llevar a cabo procesos de desintoxicación para NNAJ. Fue en este momento que empezó a poner en práctica sus estudios de enfermería aplicando inyecciones y haciendo curaciones.  

En su periplo por las casas de la Entidad, que a partir del año 2010 pasaron a denominarse Unidades de Protección Integral, trabajó en La 32, en Casa Belén y Distrito Joven.  

Entre las anécdotas que recuerda Rosita, destaca su experiencia cuando ella corrió a llevarle un vaso de leche a una joven que recién ingresaba al Unidad y la muchacha la dejó con el vaso de leche en la mano. “La niña me gritó y me dijo palabrotas [...], pero lo más bonito es que al otro día, cuando estaba más tranquila me pidió perdón. Desde ese momento siempre me saludaba con respeto y afecto [...] Me gustaba llevarle leche a los niños que veía más delgaditos. Lo más agradable era verlos tomársela. Los sentía como unos hijos más. Me preocupaba porque comieran bien. Al final construíamos un lazo de amistad y se me acercaban a pedirme consejos” señaló Rosita. 

¿Cómo era su día de trabajo?

Durante estos años de trabajo, siempre vivió contenta y entusiasmada. Su día iniciaba a las cuatro de la mañana y empezaba sus labores en el Instituto a las seis. Disfrutaba cocinar y esmerarse porque la comida quedara de muy buen sabor, comentando que, la sensación más agradable era escuchar a los y las jóvenes decir que estaba deliciosa y gritar en coro “gracias tías” a la hora de terminar los alimentos.  

A Rosita sus colegas la reconocen como una mujer noble, cariñosa, amable, responsable y sonriente, a pesar de las adversidades que ha tenido que enfrentar en su vida personal y que ha sabido sobrellevar.
Fanny Rodríguez, compañera de labores, comenta que cuando llegó a la Entidad, entró a la sede de Acandí en el Chocó a reemplazar a Rosita, y el encargado de la casa, Don Segundo, le decía que le hiciera la “changua” como la preparaba Rosita. Fanny, además, comenta que durante los años de trabajo con ella, escuchó hablar cosas muy buenas de la tía y personalmente la describe como una mujer sonriente, amable y muy equitativa con todo el mundo.  

Durante estos años de trabajo viajé, monté por primera vez en avioneta con el Padre Javier, también en avión y conocí lugares lindos. El IDIPRON me ha dado muchas cosas importantes y la oportunidad de salir adelante con mis hijos. Aprendí de los niños y de sus historias”. Comentó Rosita. 

Vidas cruzadas 

En estos años de trabajo, tuvo que enfrentarse con el cáncer de cerebro de su hijo quien murió a sus 43 años, el mismo día en que el padre Javier De Nicoló falleció. Dice que el trabajo fue el mejor refugio para llevar su duelo.  

Hoy comparte con su hija de 36 años, quien estudió salud ocupacional, y sus tres nietas. Ahora comienza a disfrutar sus largas vacaciones, bien merecidas por los años de servicio en el Instituto, el cual le dio la oportunidad de ponerse al servicio de la comunidad, de los Niños, Niñas, Adolescentes y Jóvenes por medio de su tesón, dedicación y amor por su trabajo como auxiliar de servicios generales.
 

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Homenaje a una vida de servicios en el IDIPRON. 

Rosa Elvira Cabrejo Díaz, conocida en el IDIPRON como la tía Rosa, es una mujer que conquistó el corazón de los muchachos, gracias a su dedicación y amor por su trabajo.  

Hace menos de un mes que se pensionó y todavía no se hace la idea de vivir alejada de los y las jóvenes y de sus colegas del Instituto. Rosa guarda un especial agradecimiento y, aunque ya está oficialmente jubilada, siente que solo son vacaciones y que pronto regresará. Sin embargo, reconoce que su ciclo ha terminado y ahora podrá disfrutar del esfuerzo de su trabajo y hacer realidad todas sus metas propuestas. 

“Son tantos los motivos para estar agradecida con el IDIPRON, me voy a disfrutar de mi pensión, pero mi corazón siempre estará con los jóvenes”. Esas fueron sus palabras, el día que en la sede de la calle 63 el Subdirector de Desarrollo Humano, Lemmy Humberto Solano, y su equipo de trabajo, se reunieron para celebrar su despedida y agradecerle por todos los años de labor.

En estos 26 años de servicio, la Tía Rosa, como cariñosamente le llamaban en el Instituto, ha vivido muchas alegrías y satisfacciones personales. “Compré mi casa, eduqué a mis hijos y también fui testigo de muchas historias de jóvenes que lograron cambiar sus vidas y convertirse en personas de bien para la sociedad”, afirmó.  

En 1991 se vinculó al Instituto gracias a una amiga que la recomendó. Empezó a trabajar como auxiliar de servicios administrativos en la Casa de La Florida, hoy Unidad de Protección Integral-UPI, que opera en la localidad de Engativá. Allí se desempeñó en las labores de cocina donde estuvo cinco meses. Posteriormente fue trasladada a la casa del Tuparro en el Vichada, sitio donde anteriormente se iniciaba el proceso de personalización de los niños y niñas de ocho a doce años. Para ella, esos días en la casa fueron lindos, ver la naturaleza, escuchar el canto de los pájaros y trabajar para los y las jóvenes.  

De allí, continuó sus labores en la casa de Acandí en el Chocó durante cinco años, uno de los lugares en los que se solían llevar a cabo procesos de desintoxicación para NNAJ. Fue en este momento que empezó a poner en práctica sus estudios de enfermería aplicando inyecciones y haciendo curaciones.  

En su periplo por las casas de la Entidad, que a partir del año 2010 pasaron a denominarse Unidades de Protección Integral, trabajó en La 32, en Casa Belén y Distrito Joven.  

Entre las anécdotas que recuerda Rosita, destaca su experiencia cuando ella corrió a llevarle un vaso de leche a una joven que recién ingresaba al Unidad y la muchacha la dejó con el vaso de leche en la mano. “La niña me gritó y me dijo palabrotas [...], pero lo más bonito es que al otro día, cuando estaba más tranquila me pidió perdón. Desde ese momento siempre me saludaba con respeto y afecto [...] Me gustaba llevarle leche a los niños que veía más delgaditos. Lo más agradable era verlos tomársela. Los sentía como unos hijos más. Me preocupaba porque comieran bien. Al final construíamos un lazo de amistad y se me acercaban a pedirme consejos” señaló Rosita. 

¿Cómo era su día de trabajo?

Durante estos años de trabajo, siempre vivió contenta y entusiasmada. Su día iniciaba a las cuatro de la mañana y empezaba sus labores en el Instituto a las seis. Disfrutaba cocinar y esmerarse porque la comida quedara de muy buen sabor, comentando que, la sensación más agradable era escuchar a los y las jóvenes decir que estaba deliciosa y gritar en coro “gracias tías” a la hora de terminar los alimentos.  

A Rosita sus colegas la reconocen como una mujer noble, cariñosa, amable, responsable y sonriente, a pesar de las adversidades que ha tenido que enfrentar en su vida personal y que ha sabido sobrellevar.
Fanny Rodríguez, compañera de labores, comenta que cuando llegó a la Entidad, entró a la sede de Acandí en el Chocó a reemplazar a Rosita, y el encargado de la casa, Don Segundo, le decía que le hiciera la “changua” como la preparaba Rosita. Fanny, además, comenta que durante los años de trabajo con ella, escuchó hablar cosas muy buenas de la tía y personalmente la describe como una mujer sonriente, amable y muy equitativa con todo el mundo.  

Durante estos años de trabajo viajé, monté por primera vez en avioneta con el Padre Javier, también en avión y conocí lugares lindos. El IDIPRON me ha dado muchas cosas importantes y la oportunidad de salir adelante con mis hijos. Aprendí de los niños y de sus historias”. Comentó Rosita. 

Vidas cruzadas 

En estos años de trabajo, tuvo que enfrentarse con el cáncer de cerebro de su hijo quien murió a sus 43 años, el mismo día en que el padre Javier De Nicoló falleció. Dice que el trabajo fue el mejor refugio para llevar su duelo.  

Hoy comparte con su hija de 36 años, quien estudió salud ocupacional, y sus tres nietas. Ahora comienza a disfrutar sus largas vacaciones, bien merecidas por los años de servicio en el Instituto, el cual le dio la oportunidad de ponerse al servicio de la comunidad, de los Niños, Niñas, Adolescentes y Jóvenes por medio de su tesón, dedicación y amor por su trabajo como auxiliar de servicios generales.
 

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